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martes, 10 de noviembre de 2015

AQUELLOS CINES DE ANTES



Hoy me ha dado por recordar aquella etapa de mi infancia y juventud, o sea, de los años 50, 60 y de los 70 (por cierto, menuda época musical, eh?), ya que entonces el cine era el espectáculo por excelencia, la radio era una maravilla inprescindible que se escuchaba en casa, de vez en cuando venía algún circo (a mí nunca me gustó demasiado), y salvo el fútbol que llenaba el viejo Vivero de aficionados con los transistores pegados a la oreja, y pendientes de los resultados de los partidos en el fondo marcador los domingos por la tarde, no había más espectáculo que el cine en Badajoz.

Con la radio no sólo se podían hacer otras cosas a la vez, recuerdo que mi madre planchaba, cocinaba, lavaba y todo lo demás con la radio puesta, además te permitía compartir una mesa camilla, con brasero de picón incluido, con tu familia, allí todos reunidos, escuchábamos y comentábamos lo que oíamos, sobre todo aquel programa de los discos dedicados, a diferencia de la televisión que yo personalmente creo que aísla, la radio era un elemento de unión, y más si añadimos la discusión posterior sobre el concurso, el serial, la última canción, o el programa de cuentos.

Hay una película española llamada Historias de la Radio, https://www.youtube.com/watch?v=sKL2iFSXR1E que, aunque ñoña y con ramalazos muy criticables ideológicamente, refleja muy bien lo que la radio significó en aquella época, la radio es lo que había, lo que nos unía con el mundo, ese mundo ruin, penoso y totalitario que nos rodeaba pero era nuestro mundo, el que nos tocó vivir, en él intentamos ser felices.

De esa época, quien no recuerda a locutores extremeños Julián Mojedano, Julio Luengo o Manolo Pérez,así como a los nacionales Bobby Deglané o José Luis Peker a concursos como Doble o Nada o programas de variedades como Cabalgata Fin de Semana, o seriales como Ama Rosa o El Conde de Montecristo, o los “Partes” (el diario hablado) que emitía Radio Nacional de España a las que todas las emisoras se conectaban cada hora obligatoriamente, a la música del anuncio del Cola-Cao, a series infantiles como Diego Valor con Pedro Pablo Ayuso, a las series familiares como Matilde, Perico y Periquín, a programas cómicos como los de Gila o de Pepe Iglesias El Zorro, a programas deportivos, por aquella época empezó Carrusel Deportivo con Juan Manuel Gozalo, a programas musicales como El Gran Musical, a tantas y tantas cosas.

Con el cine era distinto ya que la censura clasificaba las películas en varios grados, tolerada para menores, para mayores de 14 años y para mayores de 18 años, que era el máximo y lo último, (películas que no aconsejables bajo ningún aspecto, te podías encontrar con algún acto amoroso que iba un poco más del beso o un achuchón o un revolcón, por supuestos vestidos), por poneros dos ejemplos una era Esplendor en la Hierba y otra Fresas Salvajes, los chavales nos preguntábamos qué habría en esas películas para tener ese grado de censura, debían ser la leche de la indecencia.

En nuestra ciudad teníamos entonces cinco cines de invierno de los cuales tan sólo conservamos "El Lope", el Lopez de Ayala, el Menacho, el Pacense en la calle Ramón Albarrán, el Royalty (Cinema España) en la calle Regulares Marroquíes (hoy calle Chapin) y Conquistadores (que hoy es una sala de bingo), en la calle Enrique Segura Otaño, posteriormente el Avenida (anterior cine San Roque de verano) en Ricardo Carapeto.

Los cines de verano sin embargo, teníamos una amplia gama de ellos, la terraza del “Lope”, el de la Plaza de Toros Vieja, el San Fernando  y el Ideal en la estación, el Santa Marina, en la calle Regino de Miguel, el Goya, en la calle El Nardo en Pardaleras, el Autopista, en las traseras de donde hoy está la iglesia de San Juan de Rivera, el Avenida en el inicio de Juan S. Elcano frente al Bar Ducati, que era de un portugués y en San Roque teníamos el Jardin, en la calle Isidro Pacense, el Paraíso, en la calle Gabino Tejado, y el San Roque, donde después sería el cine Avenida y todos eran cines modestos, donde las sillas eran de madera y posteriormente de chapa, y el suelo de tierra (salvo en la terraza del “Lope”),

Una costumbre muy extendida era llevar pipas al cine donde se comían, donde en los cines de invierno se ponía el suelo perdido con las cáscaras originándose un ruido cada vez que entraba o salía alguien al pisarlas, era constante la entrada y salida de gente debido a la sesión continúa, con lo que en muchas ocasiones te molestaba no sólo el ruido de las cáscaras de pipas sino también las personas que pasaban por delante. Y aquella llamada de atención a los vecinos de asientos cuando hablaban con aquel ¡Sííííííííííííí!.

Pero hay algo que me gustaría resaltar y es la emoción que se vivía, esos momentos de clímax que llegaban antes del desenlace, la llegada del Séptimo de Caballería, el rescate de la chica secuestrada por el malvado caballero medieval, el bueno con su caballo persiguiendo al malo, o el beso de un amor, que más que verse se intuía, provocaba aplausos, pataleos, gritos, gente de pie en puro éxtasis, se había cumplido el sueño de todos, el triunfo de los buenos.

El precio de la entrada estaba entre las diez y las veinte pesetas, con lo que se podían ver dos películas las veces que se quisiera (en ocasiones en que se llegaba cuando la película estaba ya empezada, la gente se quedaba a verla de nuevo desde el principio).

La sesión continua empezaba a las cuatro y con una única entrada se podían ver dos películas, que se alternaban durante toda la tarde/noche; una vez comenzada la sesión podías acceder a la sala en cualquier momento siempre y cuando hubiera butacas libres, por ello era frecuente que te encontraras con una de las dos películas empezada y tenías que esperar, después de tragarte la otra entera, para que la volvieran a proyectar y así poder verla completa.

Todas las sesiones comenzaban siempre con la proyección del NODO que era como el telediario de la época y que duraba unos diez minutos, el lema del Nodo era "el mundo entero al alcance de todos los españoles", casi ná.

Más tarde, ya en la adolescencia avanzada, el cine también fue un refugio donde en las últimas filas empezábamos a aproximarnos al amor y al escarceo.
Y también fuera de él, los de mi época recordaran esos arrumacos (flete) y un poco más, en los lugares donde solíamos pararnos para "descansar" un poco (que por cierto acababas cansadísimo), tales como el lateral de la iglesia del colegio Hernán Cortés, la barandilla del Paseo Fluvial o la Boca del Lobo en Castelar entre otros...........

Ah, también deciros que si las películas terminaba con beso en barbilla, aunque a los españoles ni barbilla siquiera nos permitía el Generalísimo, directamente se acababa la película y todos para casa, andando y con la fresca, no sin haber silbado unas cuantas veces más……………

Quiero dejar aquí un especial recuerdo para aquellos acomodadores que tanto nos aguantaron y nos reprendían nuestras actuaciones en la sala, ya que era para todos ellos un trabajo extra que hacían a deshoras, además de su trabajo habitual en otros lugares, para poder llevar a casa un "poquito" más del sueldo.

Este tiempo es el que nos tocó vivir a los de mi "quinta", fue para unos bueno, para otros malo, y para otros regular, pero fue nuestro tiempo.

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