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jueves, 29 de septiembre de 2016

TIENDAS QUE YA NO ESTAN, Virgen de La Soledad



Hay veces en que la pequeña historia de una ciudad, se puede escribir con sólo recordar cosas, escenas, momentos y anécdotas vividas en tiempos pretéritos, porque ya dijo alguien que recordar es volver a vivir. Y nuestras calles, nuestros barrios, están llenos de viejas historias que muchos de nosotros, sobre todo los que ya peinamos canas, hemos vivido en nuestra niñez, juventud e incluso posterior. Por eso es bueno que, de vez en cuando, echemos una mirada al pasado y recordemos tiempos vividos, sitios por los que pasamos, momentos más o menos gratos, o personas que conocimos y que no olvidamos. Para eso, para volver a vivir, ya que no todo en la vida ha de ser presente o futuro, porque también el pasado forma parte de nuestra propia historia personal. Y hoy, nuestra memoria va a merodear por tiempos de los ya lejanos años sesenta, setenta, ochenta y posteriores.
Y por ello hoy vamos a pasear por la calle Virgen de la Soledad.

Recuerdo al Restaurante El Sótano, la Pastelería Argentina, Muebles Ramón Salas, Colino, Los Murgas, Exposición Solis, Calzados Alonso, Castromil, General Eléctrica Española, Jesus Poves, Cesteria Carrere, Muebles Romo, Tejidos Falero, Salambo, Paco Diaz, Baldomero García, Confecciones Valverde, Butano Teófilo, Tintoreria la Madrileña,  Baisón, Lara Molina, La Casa Portuguesa, La Bota de Oro, Ma-Belén, Almacenes Cerrato, Yiyi, Administración de Loterias, Otros emblemáticos de la calle permanecen a pesar de los pesares aunque alguno con distinto dueño, tales como Foto Vidarde, Ferretería Rodríguez y Calzados Martinez Olgado.

 
 



Cada vez que doy un paseo por el casco antiguo veo más tiendas cerradas. Algunas, las de toda la vida, habían sobrevivido a todo lo habido y por haber. Eran parte del paisaje de esta calle. De pronto, el escaparate vacío, el rótulo desaparecido de la fachada, me dejan apenado y aturdido a veces. Es una sensación de pérdida irreparable, aunque sólo haya echado vistazos al escaparate, sin entrar nunca. Otras de esas tiendas son negocios recientes: comercios abiertos hace un par de años, e incluso pocos meses; primero, los trabajos que precedían a la apertura, y después la inauguración, todo flamante, dueños y dependientes a la expectativa, esperanzados. Ahora paso por delante y advierto que los cristales están cubiertos y la puerta cerrada. Y me estremezco contagiado de la desilusión, la derrota que trasmite ese triste cartel pegado al cristal con las palabras se alquila o se traspasa.
 

Otro día daremos un nuevo paseo, para seguir recordando cosas de nuestro querido Badajoz en tiempos pasados.


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