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miércoles, 26 de abril de 2017

BENDITA JUVENTUD




El amor puede ser el mismo, lo único que cambia es la forma de manifestarlo. 
Antes en la década de los 60 y 70, la mayoría de los enamorados tardaban años en dar el salto de amigos a novios.

Eran poco más que adolescentes y se sentían mutuamente simpáticos. Ella trabajaba en un taller de corte y confección  y, como la mayoría de las chicas de su tiempo, solía emocionarse con las radionovelas y la música de Raphael, él, casi dos años mayor, trabajaba en una cristalería.

Puede decirse que sus paseos eran simples, caminaban juntos en el Paseo de San Francisco dando vueltas y vueltas a derecha y a izquierda, de allí subiendo la calle el Obispo a la Plaza de España y de allí a la calle San Juan hasta la esquina del Zamorano, y vuelta otra vez a San Francisco, todo ello sin cogerse ni siquiera la mano todavía.

Para hacer un alto había un punto obligado:  una cafeteria que había en la calle del Obispo con una máquina de discos, era El Saymu, donde nos tomábamos unas Mirindas escuchando la música de Raphael (por supuesto), de Beatles y de Creedence Crearwater Revival.
Antes de entrar el compraba caramelos y carapiñadas en la tienda de Mayte que estaba por debajo de la cafeteria, para obsequiarla, y ella respondía a tal galantería con un discreto gesto de agradecimiento.

Nunca hubo entre ellos, dos adolescentes de dieciséis y diecisiete años, ningún contacto físico. Solamente una vez, cuando la acompañaba a su casa, él tuvo que tomarla de la mano para cruzar una calle llena de charcos, en un barrio de la ciudad, donde todavía no había llegado el asfaltado.

Sin dudas los tiempos han cambiado, ya han quedado atrás aquellas cartas románticas, escritas con los mejores trazos y rociadas con perfume, o el acto romántico de entrar en la  floristería de Florisem, en la calle Muñoz Torrero, para comprar un flor para obsequiarla.

Quizá quien lea esto, y no haya vivido la época, pensarán cual ingenuas e inocentes eran las costumbres que regían al noviazgo y a la relación entre los jóvenes que sentían la primera simpatía y es verdad, las épocas y las costumbres son distintas.

Quizá en mucho se ha avanzado y los aportes de la modernidad hayan ayudado a vencer muchos obstáculos. Pero hay algo que es incuestionable: la emoción que sintieron los dos la primera vez que se tomaron de la mano, en aquella tarde lluviosa, fue sublime y está más allá del tiempo.

lunes, 24 de abril de 2017

COSAS NUESTRAS..






El otro día coincidí con un amigo (ya jubilados los dos), al cual hacía muchos años que no nos veíamos ni habíamos tenido contacto. Es uno de esos amigos que todavía conservo, aunque nunca nos hemos llamado, o rara vez nos vemos, me refiero a esa clase de amigo que sabes que si te encontraras con él (cosa que ha ocurrido) te alegras enormemente y sientes como si lo llevases viendo todos los días
Después de saludarnos, darnos un abrazo, los números de teléfono, y las preguntas de rigor, que es de tu vida?, la familia bien?, cuantos nietos tienes?, etc, etc..

Nos sentamos tomando una cerveza en el Bar Rivero de mi amigo Aurelio que está en la Ronda del Pilar, y empezamos a recordar tiempos pasados, cuando empezamos a salir  con nuestras chicas (que por cierto, hoy en día son nuestras mujeres), y sobre todo hablamos de aquellas cosas que hoy son imposibles de ver y por supuesto hacer.

Aquellos recorridos que hacíamos después de dejar a nuestras novias a las 9,30 en casa (y no la dejaras a esa hora, que los padres la castigaban una semana sin salir), sin un duro en el bolsillo hacíamos el recorrido por los distintos bares que sabíamos que nos “fiaban” hasta el próximo sábado que cobrábamos (entonces cobrábamos por semana), un cordial recuerdo para Tomás e Isidra del Bar Z, y Rai de la Venta la Rueda.
La deuda que contraíamos quedaba reflejada en una pizarra expuesta en el bar a la vista de todo el mundo, a sabiendas de que volverías el sábado a liquidarla, y vuelta a empezar.

Aquellas papeletas triangulares azules cosidas con hilo blanco que se vendían en los bares al precio de una peseta y el premio máximo era de cincuenta.

Aquellos carteles que existían en todos los bares o en casi todos de “Prohibido el Cante”, y ahora pienso y me llama la atención, que incluso en la Plaza Alta que es la cuna del cante flamenco de la ciudad existían esos carteles un sus locales, no cito ninguno porque se me quedarían atrás más de uno.

Aquellas cazas nocturnas de liebres en la carretera. de la Corte.

Aquellas tiendas que comprabas con tu madre a la “dita”, te apuntaban en una libreta e ibas pagando poco a poco (un recuerdo para Antolin y Piriz, de Poves en la calle La Soledad) un lugar entre otros que iba mi familia.

Aquellas tardes sentados en la ladera del fuerte esperando ver volver a las carrozas y la gente de la romería de Botoa.

Aquellos baños en el Guadiana que cuando cruzábamos del Embarcadero a la Playa ya podíamos decir que sabíamos nadar.

Aquellos lugares donde solíamos ir a “morrear”, camino de casa con las parejas (todos hemos tenido lugares preferidos o de paso).

Aquellos bailes en San Francisco, Los Jardines, la Piscina Conde, 29-92, Montoba, El Mesón del Labrador, Charlot, Zurbarán, Helios, Lusmat, Moustache, y otros más.
Aquellos recorridos con las novias San Francisco (vuelta ala derecha, vuelta a la izquierda), calle el Obispo, Plaza de España, calle San Juan y vuelta a San Francisco.
Aquellos guateques en las azoteas o cocheras de nuestras casas, con el baile suelto y el lento al final (que conservabas el olor a colonia de ella, más de una semana).

Aquellos bocadillos de calamares de San Francisco y Los Corales.

Aquellos partidos que veíamos en el Viejo Vivero de “gañote” desde los eucaliptos que había detrás de fondo poniente,

Aquel loro que había en las casas baratas de Joaquín Costa.

Aquellos billares en el club 67 y la máquina de discos del Saymu y del bar El Pilar.

Aquellas minifaldas que inventó Mary Quan y que se ponían nuestras novias, las cuales nos cabreaban horrores que las llevaran ellas.

Después de desearnos volver a vernos, y darnos los buenos deseos para la familia, nos  dijimos como dice aquella canción creada por Nacho Canut y Carlos García-Berlanga, e interpretada por Alaska....”A quién le importa”..... yo soy asi, y asi seguiré, nunca cambiaré.

Los recuerdos más felices son aquellos que terminaron cuando deberían haberlo hecho.

Ningún tiempo pasado fue mejor, pero yo hoy estoy un poco nostálgico, pero también pienso que mereció la pena recordar con él esas vivencias que disfrutamos juntos.