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miércoles, 17 de mayo de 2017

LOS HABLADORES...




Hay muchas personas que cuando las conoces al principio te parecen de lo más simpáticas. Suelen ser sociables, buenos conversadores y con una personalidad atrayente. Sin embargo, con el paso del tiempo comienzas a sentir que esa persona es algo pesada, pues habla mucho y casi siempre de sí misma. 
Te cuenta una y otra vez las mismas historias, es alguien que se siente autorizado a hablar de cualquier tema, aunque no lo conozca, pero nadie lo calla.

Después de que has hablado con esa persona sientes que has perdido el tiempo, al final nunca conversastes con ella, sino que fuiste una especie de sparring en un largo monólogo. Por eso es probable que cuando vuelvas a encontrarte con esa persona inventes alguna excusa para que no haya lugar a alguna charla.

Luego está el egocéntrico (que de estos hay un rato), este es aquel individuo que se cree que es el centro del mundo, y por caso, todo lo que hace y dice considera que debe ser objeto de atención del resto de las personas. Es una persona que habla mucho de sí misma y que no ha establecido un límite claro entre él mismo y su entorno. Su personalidad narcisista le impide suponer que no es el centro de atención de los demás. Por eso encuentra normal que todas las conversaciones giren en torno a él o ella.

En realidad, no se les pasa por la cabeza que sus peroratas puedan aburrir a otros, y si se lo dicen directamente, asumirán que el problema está en el otro, no en ellos mismos.

Hay quienes siempre hablan de sí mismos para hacer un inventario de sufrimientos, ni te piden ayuda, ni aceptan tus consejos, suponen que tú debes simplemente actuar de forma considerada con ellos. 
Otros hacen lo contrario, te presentan una cadena de historias para probarte cuán maravillosos son.
Te hablan de sus miles de hazañas cotidianas, esperando siempre algún hurra de tu parte.

Hay quien te habla de sus problemas para pedirte orientación. Es como si fueras su terapeuta privado, y gratis. Son personas que jamás te preguntan cómo estás o si tú también tienes dificultades. 
Dan por hecho que sus problemas son más graves y que es tu obligación escucharlos y aconsejarlos.

En todos estos casos no hay una conversación genuina. Se trata más bien de un mecanismo de manipulación a través de la palabra. Entras con ellos en un juego extraño, en el que a veces te puedes llegar a sentir comprometido a seguir ahí. Obligado a escucharlos, a elogiarlos o a compadecerlos. Pero tu lazo con esas personas no es auténtico, siempre opera bajo la sombra de esa sensación que te dice “algo no anda bien”.

Es bueno que en algún momento le expreses directamente y de forma amable, lo positiva que es una conversación cuando hay posibilidad tanto de hablar como de escuchar. También es bueno que le invites a hablar de nuevos temas.

Aunque no es imposible tratar a este tipo de personas, ya que en muchas ocasiones vuelven a ser los simpáticos que conociste al comienzo, sí es necesario aprender a poner límites. Si sientes que te afecta, que te pone incómodo, te desata sentimientos de culpa o de vacío, mejor te alejas.

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